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RINCONES DE NUESTRO TERRITORIO: ABENFIGO Y SU CALVARIO

El pueblo de Abenfigo estaba dispuesto de una forma casi perfecta, desde lo alto del montículo que conformaba el calvario. El sol parecía no picar tanto y una ligera brisa nos refrescaba en los días más sofocantes del verano. Nos posicionamos en lo más alto, en lo más alto de un día sin tregua en el corazón del estío seco y palpitante…. En la última estación que contaba y narraba la pasión y muerte de Cristo. Allí se oye el paso uduladr de las corrientes del aire y se observa al pueblo tranquilo y perfectamente predispuesto en lo que parece ser un valle predestinado a escoltar la llegada del Guadalope de los estribos del monte a la depresión de Mas de las Matas. Después, observando desde aquel descansillo de sombra, bajo el pino, pudimos componer tantos relatos como miradas tenía cada peirón o lo que es lo mismo cada estación de la pasión de cristo: del juicio bajo las manos lavadas por Pilatos  al descenso de la cruz bajo el escalofrío del Gólgota….una tarde de cielos cambiantes. Parte de la historia de una creencia, basada en la fe, se escondía allí entre los silencios extraños de este verano largo, pero plácido. Bajamos, poco a poco y una vez en Abenfigo volvimos la mirada hacia el Calvario….lo recordamos perfectamente aseado, cuidado, limpio….había algo más que simple fe en ello. Sentí respeto y un ataque de comprensión.

 

FOTOS DE MUERTOS.

 La mujer de la foto, de aquel libro del centro, estaba muerta... allí en la instantánea congelada del libro que alojaba muchos ácaros ella ya era una mujer con arrugas, muchas arrugas, en la cara. Su mirada era complaciente como si supiese que había cumplido en su paso por la vida....posiblemente tenía menos edad que la que aparentaba, pero su esperanza también era menor. Aquella foto y el recuerdo la mantenían inmortal.

LAS AGUAS DULCES Y SALADAS

Aquel día las temperaturas subieron hasta provocar que la cama se me hiciera pequeña, tan pequeña como la balsa de agua del nadador Tobías que cuando se ponía a bracear hasta el mar se le tornaba pequeño, casi diminuto. Al pensar en las aguas de la balsa y en el mar….me tranquilicé, creí recibir el frescor de aquellas aguas. Entonces me detuve en la balsa. Era cuadrada y muy profunda, allí entre los huertos perdí el miedo a la profundidad y me empezó a gustar aquello de soltar la mano a Tobías y mantenerme a flote con el simple movimiento de brazos y piernas. Apareció el respeto por las concentraciones enormes de agua…y por las no tan enormes. Lo que también perdí fue el miedo. Desde entonces, ante las temperaturas elevadas y escalofriantes para el termómetro, me atrevía a coger un escalofrío de alivio vacacional ante el calor. El agua, Tobías tirándome a la balsa,  el primer día entre el agua salada….Hoy llegaba Tobías de una travesía por el mar del Norte, seguro que le gustaría el calor…hasta lo habría echado de menos y es que quien no se conforma es porque no quiere.

LA VOZ DEL ABUELO.

Lo que más recuerdo es el frío que pasé. En las horas centrales del día buscábamos los rayos de sol como los lagartos en estío, pero ni nosotros teníamos tanta suerte. Si levantaba un poco el cierzo…entonces, estábamos perdidos el frío se clavaba a la cara y los ojos te lloraban, las lágrimas dolían y escocían, las manos dolían tanto que los dedos parecía que iban a partirse. Teníamos un trozo de tierra destinado a las deposiciones: los meados se congelaban en forma de pequeños lagos putrefactos y las deposiciones sólidas, aunque escasas , se acumulaban también congeladas, formando diferentes montículos que con el tiempo dejaban de oler, pero sin dejar de ser parte del relieve.Dormíamos envueltos en mantas, todavía la conservo y la llevo en las mañanas en que me apeo entre matorrales para cazar algo….han pasado muchos años, pero todavía es cálida. La comida no era comida era agua caliente sucia y con algún que otro tropezón de no me acuerdo qué…Los días en las trincheras eran tensos, incómodos y con alguna dosis de temor, sobretodo a quedarte dormido y que pasase lo peor…si tenía que morir, prefería morir despierto. Si los ratos transcurrían en el barracón aparecía el aburrimiento, el hastío y las ganas de conseguir unos segundos de intimidad…pero lo peor era dormir, sin dormir; descansar sin descansar….había como un sexto sentido que te hacía estar siempre en alerta, era miedo. Todo hasta que llegó el día en que el ataque de los otros fue incontestable. Resistimos, pero nos vimos forzamos a huir y cuando lo hicimos ya estábamos inmersos en una escapada desbocada y quebrada. El terraplén se hundió a mis pies y yo me convertí en una bola que bajaba a trompicones. Me quedé inmóvil y, poco a poco, me incorporé. Corrí dolorido para esconderme entre matorrales. Seguí huyendo y me apresaron cuando ya no podía aguantar el dolor de mi anterior herida, (la bajada por el terraplén la había abierto). Cuando me hicieron levantar los brazos….no me hubiera importado que me hubiesen disparado , sólo quería descansar.

ESPERA PACIENTE

La casa explotóDesperdigando sus polvosComo los frutosPequeños y rojizosDe la granada, muy maduraEl tiempo pasa,Sólo hay que tener paciencia para detenerlo,Asumirlo y mecerlo.Todo es un adiós.

SIN VUELTA ATRÁS

Las prisas entraron por la ventanaEn aquella tarde mediado el otoñoClaridad por no perder el equilibrioO una vida deshojadaComo un cementerio sin rastroDe personas que entran……sin salir jamás de la aurora

OLER A PAJA

El sudor  olía a pajaAmarilla, tierna……recién segadamis pasos crepitaban el sueloy delataban mi presenciael sol hacia del suelo……aquello más parecido al oro vegetallas manos a las caderas….…aleteaban sin encontrar el cereal…sólo notaba la paja como                         una almohadilla de agujas,bajo los pies que en casa…                     bailaban descalzos.

SIEGA

 El aire se mostró esquivoUn abanico de colores recorrió el día Cebada segada por la manoY amansada por el solAllí la luna empezaba a mirar....Insolente el campo.

Dejar la tierra

La tierra olía a estiércolUn estiércol gris y ancestralAcumulado y renovadoCon la calma perdidaDe esperar a su próxima víctimaEn aquel pueblo el estiércol...esa cosa de la que todos se apartaban eran los llegados de un lugar sin nadaequivocados y  esquivosdesafortunados y reducidosrecluidos y desestimados........hasta otro viaje de regreso...de la tierra, la suya...que aquella noche les vio partirEl mar se los llevóLa desidia, con suerte, les devolvía... 

Héroes de cartón

Morir como mueren los héroesSin coraza ni deberesSin calma que abrigue al destino ni acción que obligue la razón

CASA VACÍA

 La casa estaba vacía, aunque Margot habría preferido decir que estaba desierta. Cuando no había personas con ojos… las estancias estaban perdidas y desiertas. Margot era así, por eso la tarde de la muerte estuvo inusualmente habladora, como si se escondiera de su timidez y de su aire cohibido. Nos miró y dijo esperar al cortejo sentada entre las flores del jardín. Cuando desperté tocaban las campanas a ritmo de muertos, miré el reloj y me vestí…sabía que Margo callaría su voz y escondería su mirada en cuanto me viese aparecer. El muerto era sólo una excusa.

EL PRIMERO

Josué se movía rápido, quería llegar a la cima el primero. Entonces, de repente, sin más… se paró y miró alrededor como si buscase apoyo…los demás subían concentrados en sus pasos, mirando al suelo, a las piedras…Josué se quedó mirando, contemplando y admirando el entorno. Desde aquel día jamás llegó el primero a ninguna parte.

MAREO

 El mareo siempre le sobrevenía como un golpe directo y fortuito. De repente, en él, aparecían los nudos enroscados desde el estómago hasta la lengua….luego, se recogía sobre él mismo y entraba en una especie de camino en el que cada segundo eran años de pérdidas incontables de energía. Todo parecía desvanecerse y hasta su respiración se aceleraba y se volvía superficial…aparecían los bostezos como un drama repetitivo …la ansiedad salía como si fuese vapor. El desaire afectaba a la actividad y sólo se recuperaba después de un sueño en posición horizontal. Así, volvía a ser la misma persona que la última vez que sintió que un día había transcurrido sin la sensación de estar subido a una montaña rusa.

CALOR

La noche dejó de refrescar los calores…….los que apretaban quedamente en estíoentonces surgió un rumor, casi apagadolos días se tornaron intensamente cálidosy las noches dejaron de refrescarla casa era un túneldonde entras para saliraunque salgamos atrapados.

VIVIR EN UNA CAJA VACÍA

La casa se había quedado vacíaEntre el olor a hierbas quemadasEntre el aire natural de interiorEntre la calma apresadaEntre  las palabras de amistadMañana, sin duda, volverá a amanecer

Sin movimiento

La calima era tan pesada como apesadumbrada. No había día sin juez ni juez en aquel día de sol impaciente. Nada se movía, aunque todos, de alguna manera, nos agitábamos sin encontrar sosiego bajo aquel  ambiente de sofoco inmóvil. El cielo si que había sufrido cambios…había pasado de un azul intenso a un color indeterminado de camino hacia el gris más raro, sin sentido en aquella latitud planetaria…entonces un ruido estridente sacudió la tarde…la luz del rayo  nos había parecido el asomo del sol que quería volver a salir. Unas enormes gotas de lluvia empezaron a levantar el polvo de la calle, pero sabíamos que o llovía un buen rato o estábamos condenados a una tarde de mucha más calor….si sólo se mojaba el monte el calor acumulada en la tierra subiría como una bruma haciendo del paseo de la tarde algo tan pesado como aburrido.

Vivir a cada suspiro

Silvia se sentaba en una especie de sillón, las piernas estiradas y los pies asomándose por la barandilla. Allí pensaba y procuraba repasar los hastiados actos de un día cualquiera, recapacitando sobre los aspectos que le mantenían un tanto desquiciada. Había caminado muy distraída por las calles al ir de compras y había saludado, muy quedamente, a todas las personas con las que se cruzaba. Eso no le gustaba y , en adelante, procuraría que no se volviera a repetir. Había estado cavilando y preocupada en la tienda… pagó y se marchó, sin más, apenas habló con el tendero ni con nadie, sólo bajó de cierta extraña nube para decir lo más justo. Por la tarde, había estado extrañamente apagada…triste, escuchando músicas enroladas en el camino de tristes pensamientos y memorias…aquello servía de poco porque se distanciaban de la construcción y el arreglo de nuevas aventuras. Debía intentar evitar aquellos ratos, aunque le era extrañamente difícil…ahora recordaba que en esa lucha consistía su existencia. Se levantaba para luchar terminando por repasar el día en la terraza, en actitud de estar de vuelta de todo o de nada. Luego, las sábanas le acariciaban su piel, previamente enfundada en una camiseta demasiado reivindicativa para pasearla por la noche. Al fin, con todo esto, Silvia sonrió y pensó que esta noche era más afortunada que la pasada.

Abandono entre viajes

La estación estaba abandonada. Era triste pasear por el antiguo andén…sin forma de nada, ni de andén. El edificio principal estaba tan olvidado que, en estos días, lo habitaba un buen número de ovejas… de esas que tienen el contorno de los ojos negro. Mi sobrino me preguntó si hacían boxeo….yo le respondí que es que se pasaban el día mirando fijamente al sol… así que se les bronceaban los ojos. Reí al recordar las ocurrencias de mi sobrino y preferí no pensar en mi respuesta, muy desviada.Los hierros de los raíles estaban oxidados, esperando a un tren con un retraso excesivo, pero su espera estaba cargada de paciencia. Las hierbas habían invadido terrenos prohibidos en días de alta actividad. El polvo se levantaba al paso de motocicletas embaladas con parejas que necesitaban un lugar más discreto que los parques del pueblo. Unas mujeres cruzaban la antigua vía con aires de valiente andada… habían recogido unos juncos de lo que parecía espliego…alguna de ellas debía tener un canario al que le gustaba picotear la hierba natural. El segundo edificio estaba abierto: los cristales por el suelo, los azulejos rotos, los marcos arrancados y desperdigados, las telas contra los mosquitos tristemente evaporadas, las escaleras en peligro de derrumbe, una sala había albergado una hoguera…el corro de piedras todavía estaba presente. Pero también estaban presentes los cascos de las bebidas, las colillas de los cigarros…Una repentina ráfaga de viento estival cerró lo poco que quedaba de una puerta pintada de verde. La soledad de todo aquel escenario se hizo más patente. Al salir vi a un joven haciendo fotografías del lugar…al menos los restos de aquel rincón de paso y destino jamás se olvidarían.

La memoria del alcalde republicano

Al señor Antonio, el vecino de mis abuelos, le dedicaron una calle. No lo pudo ver hacía muchos años que había muerto. Su hija, mojada en lágrimas, sostenía una foto de la familia, enmarcada en cartón y colgada con un cordel rojo en la pared de la sala de estar de aquella casa que olía a viejo. La gente estaba callada, guardaba el mismo silencio que los últimos casi setenta años…una ráfaga de brisa disipó la cargada atmósfera de un verano pesado y cansino. Algunos lloraban quedamente; otros, los más viejos, no se atrevían a levantar la mirada del suelo.Cuando el nieto se dirigió a los presentes leyó un relato que describía las torturas  a las que fue sometido Antonio…el alcalde republicano, presa de las “hordas falangistas “en los primeros días de guerra. Algunos viejos tuvieron que sentarse….el silencio se pagaba con vergüenza y un amago de desmayo. Jean-Baptiste les miró con ternura y tardía comprensión…les dedicó unas palabras de ánimo. Algunos alzaron la mirada y recordaron en Jean-Baptiste a su abuelo Antonio. Lo único que pidió el nieto es que la memoria sirviese para derrotar a los que hoy todavía se habían escondido tras las persiana ; no pidió justicia, ésta estaba desaparecida como el cuerpo de su abuelo; jamás supieron donde fue abandonado aquello que sus torturadores habían dejado.La gente se fue a sus casas…algunos les saludaron. Los señores mayores les dieron la mano….uno de ellos, con los ojos temblorosos, depositó un papel en la palma de la mano de Jean Baptiste. No todo se había perdido. Lo que quedaba de Antonio estaba enterrado en una cuneta de acceso a la finca del primer alcalde franquista. Así de triste había sido la vida del pueblo.

La comprensión del profesor

Cuando llevábamos unos minutos dentro de un silencio tan sólo violado por la voz del profesor….éste se levantó y siguió hablando hasta que se apoyó en la mesa. En una pierna descansaba parte de su peso y en la otra parte de su equilibrio. El resto, saliendo con sus palabras, parecía sustentarse en el aire, como si flotase. Entonces suspiró y nos advirtió que el suceso que iba a contarnos era muy duro y que, para más descabellada villanía, era real… había ocurrido en un pueblo en los primeros días de la guerra. Nos quedamos mirando…era aquel un curso de verano de escritura creativa. Enseguida entendí que la creatividad surge de algo, se inspira en alguien, en algún suceso, en alguna recóndita aventura. Pensando esto no me di cuenta de que el profesor había mostrado su comprensión ante los que quisieran levantarse e irse, pero allí debía haber una generación de escritores, mejores o peores, pero todos sobresalientes en curiosidad…no olvidaremos jamás aquella narración, seguro que de alguna u otra forma estará presente en nuestras creaciones.